jueves, 5 de enero de 2012

PASAR EL DUELO DEL AMOR.


Muchas personas viven un amor fracasado con tal persistencia, que una vida entera no les basta para superarlo. Enviudan sin que se les haya muerto nadie, y, con las heridas abiertas, recuerdan día a día los detalles de su pasión truncada, como si los sucesos hubiesen ocurrido ayer. Clavados en un duelo no resuelto, mantienen un luto eterno que les impide respirar aire fresco y despejar la nostalgia. Convertidos en estatuas de sal, miran sólo hacia atrás, mientras dejan pasar nuevas oportunidades de formar pareja. Aferrados a una relación amorosa que hace rato ya murió, son incapaces de dar vuelta la hoja para vivir el presente y el futuro. A pesar de sí mismos, se quedan pegados emocionalmente en el pasado.

Cuando se está enfermo de otro, obsesionado y desesperado perpetuamente por una relación imposible, es fácil que los sentimientos puedan confundirse. Así, podemos creer que es amor lo que quizás sea más bien tristeza infinita o rabia por el abandono, o culpa por sobrevivirlo, o miedo al vacío, o una manera de vengarse por la traición y el agravio recibidos. Quizás simplemente sea nuestro ego obstinado, que se niega a admitir una derrota. Voluntariosos, nos cuesta tolerar que las cosas no salgan de acuerdo a lo planeado, o quedamos atragantados con tantas palabras y sentimientos que nunca lograron ser expresados. Orgullosos, nos es difícil soportar que el otro viva feliz sin nosotros, menos aún aceptar que tal vez desaparecimos de su vida sin dejar rastro. También puede ser un exceso de lealtad a una historia vivida con intensidad o simple rebeldía frente a una pérdida lamentable, o una forma particular de hacerle un homenaje a quien se quedó con nuestras ilusiones. O quizás sean profundas añoranzas de los buenos momentos, o expectativas falsas a las cuales seguimos apegados, o un insondable hastío por todos los sueños que se nos han desmoronado, o un temor incontrolable a la incertidumbre. Tal vez sean heridas de la infancia o los gritos acallados del pasado que sólo encuentran salida a través de una memoria obcecada.

Los duelos toman tiempo, y es bueno que uno se tome el suyo. Pero si te has convertido en viudo del amor, necesitas con urgencia entender que es tu devoción la que ha mantenido vivo este amor ausente. El secreto para salir del laberinto de la añoranza consiste en saber darse por vencido. Si dejas de insistir y te retiras, inevitablemente se extinguirá la pasión que desde hace mucho sólo habita en tu fantasía. Acepta de una vez que perdiste esta batalla. Aúne voluntad para dejar ir la tristeza que te ha acompañado con tanta fidelidad durante su larga travesía por la soledad. Renuncia indeclinablemente a la nostalgia y regresa del sueño en que has estado sumergido. Congelado, tu no has permitido que otros fuegos entibien tu alma.

Ensimismado, ha girado una y otra vez alrededor de sus propias tristezas. Paralizado, no ha dejado que lo ayuden, paseándose por el mundo con el rostro incólume y la excusa perfecta para no comprometerse. Has dedicado demasiadas energías a esconder tu corazón destruido, transformándolo en un escudo impenetrable. No desperdicies más tu enorme capacidad de amar y ábrele las puertas a nuevas presencias.

Ten cuidado, porque el dolor distrae y fácilmente se vuelve en costumbre. Para todo hay un límite en la vida, también para el llanto y la espera. Seca la lágrimas que aún quedan en tus ojos; encontrarás la calma. Deja ya de vivir agonizando, sepulta las ilusiones sin destino y cubre tu obstinación con tierra fresca. Despídete de ese amor agotado y marchito, vuelve a mirar hacia adelante. Entierra por fin a tus muertos y déjalos descansar en paz.
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