miércoles, 8 de octubre de 2008

UN ANGEL GAY




En el cielo no encajaba ya porque la eternidad le parecía demasiado uniforme para su inquietud. Todo bien siempre, sin la posibilidad de un sentimiento contrario al amor. Lidiar con otros seres etéreos flotando alegremente, infinitamente igual. En realidad siempre se sintió diferente a lo otros, distinto. Sólo echaría de menos a Fidelis, lamentó. Este era un bello ejemplar angelino con quien pasaba momentos dulces y paseaban uno al lado del otro como sombras luminosas.
Al dejarlo, conocería el dolor del espíritu y el desgarre de la gloria.
Salió del paraíso por un hueco que hizo. Fue bajando espacios incalculables, inimaginables, hasta la Tierra y luego de mas caer y caer, la atravesó. Enseguida, otras dimensiones, colosales e indescriptibles, y vislumbró a lo lejos la luz siniestra del infierno. Así, entre llamas y explosiones nunca antes contempladas por sus ojos celestiales, entró de lleno a los espacios del averno y pensó que cualquier novedad era mejor.
Fue bienvenido por una legión de demonios que no lo vieron mal. Unos lo miraron con codicia. Era guapo como ellos, aunque sus tonos albos contrastaban con el púrpura de ellos.
Al fin un ángel rebelde, por desertor, ya tenía la semilla del conocimiento acerca del bien y el mal. Al menos los intuía. Su nuevo hogar era tan distinto. Intenso, turbulento y, en fin, dantesco. Entre torbellinos enceguecedores y fuego por todos lados se avino a ese entorno, donde se fue templando como el acero. Algo desconocido para él, la materia, le fue dando corporeidad y una forma semejante a la humana. Su metamorfosis paulatina le dio el tiempo necesario para asimilarlo sin sobresaltos. Pudo entonces tocarse y sentir piel en su ser. Fue su máxima satisfacción infernal, pues los diablos, salvo su tosquedad y mirada fiera, no le reportaron grandes motivos para estar contento ahí. Únicamente dos o tres despertaron su atención por su peculiar aspecto varonil. Algo por dentro le atraía hacia ellos para buscarlos, pero no sabía bien qué. Con todo, resolvió que tampoco el infierno era lugar para él.
Barajó sus opciones y vio que sus dedos sobraban para enumerarlas. No regresaría al cielo ni se quedaría donde estaba. Acaso la Tierra...
Con sus alas luciferinas tomó vuelo y emprendió el ascenso cargando con su espíritu aventurero. Entró como un meteoro en un punto desconocido del planeta azul, se fue abriendo paso entre minerales, oscuridades cavernosas, agua, fuego y, luego de un tiempo, nuevamente la luz.
Salió disparado por la superficie en el horizonte con las alas completamente destrozadas, que bastó con sacudirse para que estas terminaran de caer al suelo.
Quedó hecho totalmente un hombre. La combinación de un ángel y un demonio.
Caminó, caminó, caminó y sintió un vacío en la parte media de su cuerpo. Era hambre. Instintivamente buscó qué echarse a la boca y fueron raíces y hierbas su primer alimento. Su primera satisfacción humana, un estómago contento.
Entrada la noche llegó a un lugar donde centenas de remedos de estrellas diminutas, alumbraban largos caminos que se cruzaban unos con otros y hombres y mujeres caminaban por las orillas. En el centro, artefactos de cuatro ruedas se deslizaban velozmente. La ciudad. El murmullo de todo eso, en su conjunto, le agradó.
Enseguida reparó en su desnudez y, !plin!, consiguió ropa y zapatos. Se lavó el cuerpo, se vio en un espejo y su aspecto hermoso le favoreció con una sonrisa de vanidad.
Habría de conocer más tarde los siete pecados capitales. Su fruta favorita al paladar, fue la manzana.
No por casualidad se le dio fijarse en los hombres, ignorando a las mujeres. En el cielo sólo habían ángeles, arcángeles, serafines, querubines y otros semejantes seres celestiales. Todos ellos a imagen de un Dios Padre, también masculino. Por su parte, en el infierno, Luzbel Satanás, el diablo mayor, igual. Todos los demás ahí, legiones de diablos y demonios, lo mismo.
Así que su atención se concentró, en la Tierra, en los hombres. El sexo fuerte.
Recordaba con nostalgia a su amigo Fidelis, ese buen ángel amoroso de alguna manera tan opuesto a él.
Deseó encontrar un varón semejante al lejano ser incorpóreo de su memoria.
Hizo su vida de hombre. Aprendió las formas de convivencia humana y cómo ganarse el sustento. Un dato curioso, olvidó su propio nombre, pero, necesitado de una identidad, se registró como Angel Fidelis.
No pretendió tener mujer ni hijos. Hizo de entre sus conocidos algunos amigos. La vida en la Tierra le ofreció un abanico de posibilidades de buenaventura y continuó buscando entre los rostros varoniles uno semejante al de Fidelis. Quizá nunca encontraría uno igual, pero... !que deleite probar sentir la piel de cada hombre que se le pareciera un poco!
Aquí, fue el sexo el mayor descubrimiento y el más delicioso placer que encontró como humano. Además, aprendió a amar el trabajo y otras cosas de la vida diaria.
El sentimiento de amor exclusivo y personal quedaría pendiente hasta ver el alma de Fidelis en otro hombre.
Entonces cerraría el círculo perfecto, aquél que veía sobre la cabeza de su amigo. La aureola plateada que le alumbraba su faz angelical, dándole esa belleza gloriosa característica de los ángeles.
Por ahora, se conformaba con ver por las noches la Luna, que tenía algo del aro que coronaba al amado.
Y la carne, que era hoy su vestimenta, la descubría ante otro hombre desnudo, que seguramente no era su ideal, pero, !cómo lo transportaba por algunas, horas, minutos, o segundos a las alturas, hasta tocar casi, casi, otra vez, el cielo!
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